‘Isla de perros’, en defensa del amor a las razas

El director estadounidense Wes Anderson retoma su estilo oscuro en la animación por Stop Motion para su nuevo filme Isle of Dogs (Isla de perros). La trama, situada en una sociedad oriental setentera y futurista, se circunscribe en el odio hacia los perros y su exilio a una isla remota.

En esa isla de perros, un niño de 12 años emprenderá una búsqueda para encontrar a su mascota con ayuda de un grupo de simpáticos canes, los cuales tendrán que atravesar varias complicaciones, y de paso, resolver la situación política que ha convertido al “mejor amigo del hombre” en la amenaza número uno de la población.

El cineasta originario de Houston nos plantea la idea del genocidio y el racismo a través de una historia de odio hacia los perros, en la que los actos radicales de un político son justificados mediante el discurso del cuidado del bienestar de millones. Por momentos, la atmósfera de la película nos remite a la crueldad del holocausto en combinación con las dictaduras modernas tales como Corea del Norte o Venezuela.

Todos estos matices políticos son utilizados para dar un mensaje central: la tolerancia a las diferentes razas. Las diferencias entre seres no son razón para un odio naciente entre las sociedades; un tema bastante recurrente en nuestra actualidad.

Este hecho convierte a Isla de Perros en una película bastante entrañable y empática con el público, ya que aquellos amantes de los perros podrán sentir en su cuerpo ese cariño al acariciar a su mascota. Mientras que aquellas personas sin mascotas podrán relacionar la marginación presentada con algún ser conocido de una realidad parecida.

Quizá Isle of Dogs sea la cinta menos truculenta y compleja de Anderson, sin embargo es uno de sus mejores trabajos a nivel de realización y contenido, pues logra entregar un trabajo bastante emotivo, profundo y entretenido para todo tipo de audiencias, tanto chicos y grandes podrán disfrutarla.

Obviamente el sello Anderson está presente; la perfecta simetría en los encuadres y su obsesión por las gamas cromáticas, aunado a su peculiar humor negro interpretado de manera correcta por un experimentado cast de voces, convierten a este largometraje en un imperdible del cine de animación, quizá hasta digno de un Óscar, aunque para eso habrá que esperar.

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